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Tú me seduces, amado Dios

Me has seducido, Señor, y me dejé seducir”, Jeremías 20,7 Me has llamado y yo te he seguido.

El profeta en su aflicción interior cree que esa seducción es para el mal, pero, al final confía y sabe que en todo camino hay cargas y que, al final, la luz disipa las sombras.

También para mí como él y para todos, tú eres “en el corazón como un fuego ardiente, prendido en mis huesos” (20, 9). Sólo en ti descanso porque tú, Dios mío, eres la fuerza que me mueve y el inspirador de todas mis acciones. Te amo y te entrego todo mi ser.

Tú me enamoras, me atraes y me llenas. Sin ti ando a la deriva, sin sueños y sin esperanzas. Sé que de ti vengo y hacia ti voy. Tú sacias mis anhelos y me colmas de gracia y de ternura.

Ven a mi vida y quédate conmigo. Tú calmas las tempestades, eres Camino, Verdad y Vida (Juan 14,6). Gracias por tu amor. Bendito seas.

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