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El arte de educar

Una buena educación es un proceso dinámico y participativo vía en el que el tanto el educador como el educando enseñan y aprenden. Es un proceso que pide estar al día, amar lo que se hace, y ejercitar valores como entrega, paciencia, humildad y flexibilidad. Uno de los mayores retos para los educadores y los padres de familia es buscar el equilibrio y evitar la extrema suavidad y la extrema rigidez. El arte de educar pide integrar todas las dimensiones: Mental, emocional, moral, social, espiritual y física. En el hogar y en el centro educativo una buena formación educa para la vida, se centra en el amor y sus ejes son los valores fundamentales. La meta no es tener personas exitosas, sino mejores seres humanos, apasionados por nobles ideales.

Una educación armónica ofrece a los niños y los jóvenes un proyecto de vida de modo que tengan clara su misión de servicio. Esto traza un rumbo, permite tomar sabias decisiones y da satisfacción personal. Educar es sembrar buenos principios y valores para llevar una vida coherente y transparente. Los valores se inculcan ante todo con el buen ejemplo y son la mejor herencia y el más valioso tesoro. Educar es guiar a niños y jóvenes para que cultiven sueños y metas realistas que aterrizan el proyecto de vida; es inspirar confianza ya que aquel que tiene confianza en sí mismo, avanza con firmeza y no se siente perdido. Un ser confiado toma decisiones más claras en los días turbulentos y también irradia esa confianza a los demás, sobre todo ante la adversidad.

Una buena educación se centra en el ser, no en el tener o en acumular información; por eso le da importancia a la inteligencia emocional, el autoconocimiento y el autodominio. El desafío es formar personas que manejan sus emociones y brillan por su rectitud, tolerancia, bondad y empatía. También es clave la inteligencia social: Que niños y jóvenes sigan lo que les dicta el corazón y desarrollen habilidades para manejar las relaciones y actuar con respeto y tolerancia. Es muy importante no sobreproteger y que los niños y los jóvenes aprendan a tolerar las frustraciones, adaptarse y permanecer serenos en las crisis. En los estratos sociales altos es muy frecuente llevar a los hijos en coche, mimar en demasía, infundir miedos a todo y no permitir que los hijos maduren en la escuela del dolor. Craso error que sólo sirve para malcriar hijos recostados, despóticos y desubicados. Los padres de familia deben entender que sus hijos no son posesiones y que vienen con su propio Plan de vida. La educación no es imposición y mucho menos manipulación. Si hay amor, reglas claras y límites, los hijos sabrán como comportarse, cometerán errores y aprenderán de ellos. Cada ser es autónomo y debe asumir las consecuencias de sus actos. Todo lo anterior pide internarse en los caminos del alma y darle prioridad a lo espiritual siguiendo la huella de de auténticos líderes como Jesús, Buda, Gandhi o Martin Luther King

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